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24 de julio de 2021

El bandoneón cordobés que cautivó al tango

En el Tango del Mediodía, por Radio EME, el recuerdo de Rubén Juárez, en la pluma de Adolfo Barrios, y el relato de Mario Galoppo.

Rubén Juárez nació el 5 de noviembre de 1947 en BallesterosProvincia de Córdoba, pero a los dos años su familia se trasladó a la zona de Sarandí en el partido de Avellaneda.

Estudió bandoneón desde temprana edad y en 1956, a los 9 años, ingresó en la Orquesta Juvenil del Club Atlético Independiente. En su adolescencia estudió guitarra, lo que lo llevó a integrar varios conjuntos de rock. Años después conoció al guitarrista Héctor Arbello, quien había tocado junto a Julio Sosa, y con él formó un dúo con el cual comenzaron a realizar giras por distintas provincias del interior.

En uno de esos fines de semana, actuaron en Teodelina, en la provincia de Santa Fe, donde conocieron a Horacio Quintana quien, al escucharlo, fue la llave que le abrió a Rubén Juárez las puertas de “Caño 14” y del sello grabador “Odeón”, donde registró su primera versión grabada: “Para vos Canilla”. Pronto se convierte en su primer éxito, doblemente importante por tratarse de un tema nuevo, lo que significaba vencer prejuicios y temores en el mundo tanguero tradicional.

Con sólo 22 años, Juárez llegó a Caño 14, consagrándose desde su debut como uno de los artistas más destacados del lugar. Todos admiraban a ese joven que exhibía una madurez sorprendente. Cuando Aníbal Troilo lo escuchó por primera vez en vivo, le ofreció ser su padrino artístico, y le dijo ‘A lo mejor usted es el hijo que no pude tener’.

Ese joven Rubén Juárez, conmueve al ambiente tanguero, que parecía estar esperando una figura nueva, con su fuerza, calidad y espíritu renovador. Dieciocho meses de actuación consecutiva en Caño 14 así lo corroboran.

A principios del 70 es convocado por Pipo Mancera, el conductor del programa más popular de la televisión de la época: Sábados Circulares. De golpe, en un abrir y cerrar de ojos, aparece el éxito, y su nombre se catapulta a los más altos peldaños de la popularidad. Todo el mundo habla del nuevo fenómeno.

Además de su excelente voz clara y grave, se caracterizó por utilizar un bandoneón blanco, y ser posiblemente el único intérprete de tangos que ha unido al canto el hecho de ejecutar el bandoneón simultáneamente, lo cual lo convierte en un artista único dentro de la historia de la música rioplatense.

Era inigualable en esa destreza especial de cantar y tocar --maravillosamente-- el bandoneón al mismo tiempo, un prodigio musical, coordinando los movimientos de apertura y cierre del fuelle y simultáneamente cantar y frasear. Pero no era sólo una curiosidad: era tan excelente bandoneonista, como eximio cantor.

Para situarnos en el contexto de su irrupción en el tango, recordemos  que se da cuando el género se encontraba replegado, resistiendo los embates de un cambio de época. Peleaba con fantasmas de la nueva ola, y había perdido un público que se volcó, aquí y en el resto del mundo, hacia otros ritmos como el rock. Los paradigmas culturales estaban siendo reformulados. Fallecido Julio Sosa, el escenario tanguero estaba sin figuras con la única excepción de la vigencia del Polaco Goyeneche y la todavía promisoria aparición de una actriz que se iniciaba en el canto: Susana Rinaldi. Juárez entró haciendo equilibrio entre los sobrevivientes de los años de oro y la renovación encarnada por Eladia Blázquez, Chico Novarro, Héctor Negro, Osvaldo Tarantino, y las composiciones de Piazzolla-Ferrer.

Fue uno de los raros casos en que un joven y nuevo, fue aceptado sin resistencias, casi unánimemente, y reconocido como figura de promisorio futuro. Sus condiciones de cantor no dejaban dudas; su fuerza interpretativa, su presencia y personalidad fueron contundentes, tanto como esa simpatía y ese ángel que suelen distinguir a los ídolos populares.

Pese a haber sido acompañado ocasionalmente por Troilo y de haber grabado con Armando Pontier y Raúl Garello, entre otros, nunca fue un cantor de orquesta. Era, en esencia, un trovador solitario, con su fuelle.

Su adicción por la noche y la bohemia porteña, se materializa aún más cuando se convierte en uno de los dueños del Café Homero. El Café Homero fue testigo de inolvidables noches, transformándose en un templo tanguero por excelencia. Ahí tocaron todos: Susana Rinaldi era la madrina, actuaba José Colángelo, recitaba Horacio Ferrer, se consagró Adriana Varela, y todas las noches la estrella era el Polaco Goyeneche. Y llegaron a concurrir, como público, Omar Sharif, Marcello Mastroiani, Peter Gabriel, Jean Paul Belmondo, Sandro.

En 2005 recibió el Premio Konex de Platino en la disciplina Cantante Masculino de Tango de la década en la Argentina. Poco después fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En 2008 se le diagnosticó cáncer, que lo obligó a someterse a sesiones de  quimioterapia cada tres semanas en la ciudad de Córdoba.

Un testimonio de ese duende especial que lo rodeaba, se percibe en un programa de “Encuentro en el Estudio”, conducido por Lalo Mir, realizado poco antes de su muerte. Es un documento conmovedor. Juárez sabía que estaba enfermo, que le quedaba poco tiempo de vida, y que probablemente era su última grabación. No obstante, fueron diez horas de rodaje con una energía y una vibración increíbles.

En abril de 2010 ese cáncer ya había avanzado hasta los huesos, y en la noche del 28 de mayo de 2010, el actor y conductor Coco Silly interrumpió el programa Animales sueltos para pedir que la Casa del Actor enviara una ambulancia para traer a Juárez desde Carlos Paz, ya que había sufrido una descompensación que lo obligaba a abandonar la internación domiciliaria. Inmediatamente fue internado en terapia intensiva en el sanatorio Güemes de la Ciudad de Buenos Aires, donde falleció el 31 de mayo de 2010, con tan sólo 62 años.

Quedan, además de sus discos, sus miles de historias y leyendas, quizás algunas exageradas en largas sobremesas de este personaje de la noche tanguera. Esas historias y leyendas definen una memoria colectiva que lo ubica en la línea sucesoria de artistas que, como Troilo, como Goyeneche, tomaron al tango como una filosofía de vida.

De su obra como compositor se destacan “Qué tango hay que cantar”, compuesto en 1986 con su amigo Cacho Castaña y “Mi bandoneón y yo” de 1969, en sus inicios, donde expresaba:

A veces se me hace,

que nació conmigo.

Y durmió en mi cuna

pegado a mi piel.

Yo le hablo de hombre a fuelle,

mano a mano.

Lo mismo que si hablara con mi vieja,

Y cuando él me responde se me antoja, que Buenos Aires mismo me contesta.

Yo a mi bandoneón lo llevo puesto,

como un cacho de tango,

entre las venas,

Y está de Dios que al dar mi último aliento, moriremos a un tiempo,

mi bandoneón y yo.

 

“Mi bandoneón y yo”, uno de sus primeros éxitos, interpretado por un jovencísimo Rubén Juárez, de tan sólo 22 años, grabado en 1969 con la orquesta de Carlos García.

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